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Abr
09

Este Madrid

Veinte años, dice el tango, no son nada. Diez, menos todavía. Bueno, tal vez la cosa fuera así cuando una generación duraba algo más que dos telediarios, un contrato casi una vida y un apretón de manos toda una eternidad. Luego, andando el tiempo, no somos nada, mire usted, y no está ya uno ni en derecho a pedir que  se respete ni lo más sagrado.

Y nunca fui santero, capillita que dicen en mi tierra. Casi cumplo lo de mi tocayo Rabal cuando rugía con voz dura aquello de “en mi casa ni el Copón de Bullas”, tan murciano él. Pero es que, coño, Paco, ojalá levantases la cabeza y te encontrases a esta España que te bebiste trago a trago, a este Madrid esquina con el pueblo de todos los que vinimos del Sur. Sólo para cagarte en los muertos de alguno. Y me explico, te cuento.

Yo llegué a Madrid por Méndez Alvaro, por uno de esos autobuses de saldo donde viajaban los andaluces con novia en Madrid que luego tenían tantos cuernos como novillo en Agosto. Yo venía con soldados de cuando había mili, con catetos de boina escondida en el bolso de la parienta, con estudiantes de Andújar y Carcabuey, bocadillos de salchichón y platina, el culo curtido, la garganta pegada al paladar y un sobado plano de metro que había mandado por correo el primo segundo del cuñado de mi hermana.

La ciudad encontraba su fin inhóspito en plaza de Castilla, la metáfora brutal del Día de la Bestia. Al cine español contemporáneo, al cine, en fin, le cuesta entender lo necesario de la iconografía, del fetiche. Alex de la Iglesia lo entendió esto muy bien y en quince minutos de metraje con Segura de jeviorro y el Angulo en cura echando sangre por la boina nos contó el demonio que nos acechaba, literalmente, a cualquier ciudadano de a pie y al de Madrid en particular.

En fin, que entramos en Madrid sin ver un carajo por la línea gris, la seis, la circular, la del sudao y los calorros de domingo tarde que hoy no quiere ver Gallardón porque lo mismo tiene algo de la épica del aquí se sigue sin pasar. Ya veía yo por ahí, qué nombres, Usera, Legazpi, Pacífico, Manuel Becerra, los apellidos de toda la literatura amarillenta que había leido en la adolescencia. Y me perdía sin buscarme, y me pasee una mañana la Castellana a pie parando en todas las tascas de Cuatro Caminos, y la hierba de la escuela de industriales en primavera, y Argüelles era un basile de estudiantas cabreadas con Aznar, y la Cava un ducados en barra, y Malasaña un algo que aún no quería ser así.

Porque mire, maestro, yo aún cogí con mucha suerte el Madrid recién nacido al siglo XXI, una ciudad no sé si feliz pero estoy seguro que mejor que la actual. Lamento decir esto porque una vez quise creer que ningún tiempo pasado fue mejor. No haré frases manidas. Soy andaluz de corazón y madrileño por convicción, no de herencia sino de vida. Me camino por estas calles por derecho de haberlas hecho mías no de turista sino como hijo del asfalto que las pisa, ama y sufre. Y las quitan a mi paso. Concejales, especuladores, modernos, despistados, olvidadizos, pijos, resentidos. Su reino no es de este mundo pero quieren hacerlo propio.

Yo, que duda cabe, os invito a recuperarlo. No con un anuncio de cartel. No con la propuesta luminosa de una revista. No con una pose de castizo de ocasión. Madrid, decía el otro, sólo es una forma de pasear con las manos en los bolsillos.  En el mundo en el que vivimos tal vez no tengamos una mejor descripción. Por si acaso, os doy unas pistas.

– El Boquerón

– Patio Maravillas

– Librería Malatesta

– Taberna El Bocho

– Cata con Kata

– Portomarín

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